Ibámos en un taxi, de su maletín sacó una cajita de madera con forma de corazón. Una cajita con una historia larga de otro continente, de otra pareja. Cajita con muchos años marcados en sus relives y diseños. Guárdala, luego la abres. Me dijo. La tuve en mi bolso todo ese día, la olvidé porque me preocupaba más el hecho que aún no sabía de qué sabe su boca...
Tarde en la noche, luego de aquel beso que se hizo esperar por tanto tiempo, me fui a la cama, que estaba ocupada, mi madre y mi hermana miraban una película. Desconecté un momento para analizar sensaciones, sabores y repetir y repetir y repetir en mi mente aquel instante... como adolescente, con la mirada perdida, con la mente estancada en quellos segundos y con la sonrrisita tonta y triunfante de quien se siente la reina del mundo.
Hasta que por fin alguien me habló y volví a la tierra, recordé la cajita que ahora pertenece a nuesta historia y donde encontré una llavecita diminuta de plata y un diminuto corazón de oro. Miré los objetos. Que linda cajita...
Entonces, te ha dado su corazón y la llave... ¿Qué? pregunté todavía ida. ¿Qué, no te has dado cuenta de lo que quiere decir? me dijo. ¡Es verdad! ¡Qué idiota! Pensé. ¡Su corazón, la llave! ¡Y yo preocupándome todo el día porque no me había besado! ¡Pensando que tal vez no me quería!


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